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El Barroco del Poder: arquitectura y urbanismo al servicio de papas y reyes.

Un artículo de @OscaLicenciosa para Investigart

El siglo XVII está marcado por las guerras y las crisis sociales, económicas y de poder. Sin embargo, el Barroco empieza desde el poder y persiste en y para él.

En el siglo anterior, Roma había sufrido la amenaza de la pérdida de su inequívoco dominio de la cristiandad. La Reforma crecía y se instalaba en el norte. El papado era criticado por sus dispendios, no demasiado fructíferos. Pese al mecenazgo de los papas anteriores, Julio II, León X o Paulo III, el saco de las tropas de Carlos V era la imagen más internacionalizada de Roma. Ni siquiera San Pedro del Vaticano tenía la impresionante apariencia que se le presuponía. Sixto V, el último Papa del Cinquecento romano, sabía que el Papado necesitaba dar un paso hacia adelante, y tenía claro que Roma sería el escenario.

El pontífice preparaba un ostentoso jubileo para el año 1600: la capital de la cristiandad debía, no solo serlo, sino aparentarlo. El papa iniciaba así el cambio que llevará a la gloria a la nueva Roma imperial, esta vez, del imperio de la Iglesia. El primer paso del pontífice sería unir los santos sitios, las siete basílicas paleocristianas conservadas y las renacentistas con grandes avenidas. Y en esas avenidas para ver, para circular, para procesionar, en esos hitos para marcarlas, en el primer obelisco llegado a Roma, se gestaría el Barroco. La intervención de la Roma de Sixto, al modo de un ensanche intraurbano decimonónico, acaba con lo angosto, con lo medieval; levantaba, al fin y al cabo, las nuevas vías ostentosas (y salubres), de la llamada a ser Capital del Orbe.

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